miércoles, mayo 25, 2005

Sí, hoy. Otra vez la ventana mirando para sí, para la cama, para el azul. De nuevo se aparece como si dependiera de su propia luz, como si el sol, como si nada ni nadie, ni los pájaros, ni los baldes...

Acá de nuevo levantar los párpados, asirlos de algún lado. Alzar las piernas, los pies, el desayuno que se ha reducido día a día. Salir y caminar para pasar a ser parte de la carga de los que manejan una máquina porque tal vez no pueden manejar su vida. Nadie se sabe ahora, ni sabe de nadie más. Bajar del bulto hacia el montón de brazos, escritorios, teléfonos, llamadas, palancas, monitores. Los buenos días se caen de la azotea anunciando que realmente son los mismos de siempre (las personas y los buenos días), cayendo, como siempre. La diferencia está en el gesto, en la mirada, en la sonrisa irónica y curiosa con que se acompaña el saludo gracias a que ayer, o hace dos días, se nos ocurrió romper la estática del ruido, la gran pasividad del ajetreo cotidiano que nos mueve como piezas en el mismo agujero.